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Reflexionando sobre el Clasismo

¿Te rechazo porque eres elitista o no representas lo que yo soy o quiero ser?

Concluimos este ciclo de siete reflexiones en torno al tema del Día Internacional de los Museos, refiriéndonos a otro prejuicio presente en nuestros días: el clasismo.

Esta forma de discriminación consiste en ver a otros miembros de la misma sociedad formando parte de una categoría inferior, únicamente porque no poseen o no exhiben los elementos que se consideran propios de “la clase privilegiada”. El racismo, la aporofobia y otros prejuicios se entrecruzan con este criterio de clasismo por lo que, en ocasiones, resulta difícil percibir dónde empieza uno y dónde termina el otro (Figura 1). Ahora bien, si la existencia de etnias no implica necesariamente que todo el mundo sea racista, la existencia de clases no supone que todos sean clasistas.

Aunque por lo general la discriminación se produce de “arriba hacia abajo”, de una élite minoritaria hacia una población mayoritaria, también hay otra forma de desprecio que sigue el recorrido contrario, “de abajo hacia arriba”, desde las masas populares hacia las élites. Y, mientras la primera tiene su manifestación a través de la opresión y la violencia simbólica, la segunda, cuando se radicaliza, lo hace en forma de rebelión (no tenemos más que pensar en la Revolución Francesa de 1789). En ambos casos, el desprecio surge por lo que el otro representa, ya sea el elitismo de unos, o la falta de sofisticación de los otros.

Una de las teorías del colapso de la cultura maya clásica, aunque debe verse en relación con otras causas, apunta a posibles revueltas campesinas contra la élite, que evidencian el conflicto interior en la propia sociedad, agravado por las hambrunas o las crisis.

Otra de las formas de estructuración de las sociedades es a través de castas, que no son exactamente clases, porque no solo se articulan en función del estatus socioeconómico sino a partir de una base étnica, como vemos en los lienzos virreinales de mestizajes. En la América hispana no era una estratificación tan rígida como las castas en la India, por ejemplo. La élite en estos lienzos siempre incluye un componente español, mientras que las clases más populares solían ser los mestizajes entre africanos e indígenas, aunque se entrecruzaban criterios de género y de profesión (Figura 2a y 2b). Zapateros, carpinteros o cereros eran oficios desempeñados por estas castas que, en función de su éxito, podían ir escalando algunos peldaños sociales. ¿Y cómo reconocemos su posición? Por su aspecto exterior y su indumentaria. Es decir, clasificamos y jerarquizamos a las personas en función de su apariencia.

Además de la conciencia de clases, el clasista tiene la necesidad de legitimar esta diferenciación social que, por lo general, cree justificada por designio divino y, sobre todo, precisa ser reconocido como miembro de su grupo.

¿Cómo? Para remarcar la diferencia de clases, se utilizan desde modificaciones corporales permanentes, como la deformación craneal, escarificaciones, tatuajes o marcas, hasta adornos y ostentaciones (caballos o coches, joyas y relojes de lujo), así como vestimenta (como hemos visto), posturas concretas y particulares formas de hablar y expresarse.

La forma de sentarse a mayor altura que el resto, e incluso ser trasladado por otros, parece revelar la posición y por contraste ahonda el distanciamiento social y se reviste con matices racistas y clasistas (Figura 3a) y en ocasiones, al considerar que el otro (inferior) está al servicio de uno, se materializa en formas ridículas pero cargadas de simbolismo elitista (Figura 3b).

Si bien en la sociedad contemporánea el distanciamiento social pareciera haberse debilitado, y puede que se hayan diluido fronteras, la realidad es que simplemente se han ido sustituyendo unos elementos de reconocimiento por otros. Cuando buena parte de la sociedad tiene acceso a cierto tipo de alimentos, viajes exóticos, productos y marcas, estos dejan de representar un signo de distinción y se sustituyen por otros nuevos.

En el fondo, se trata de rasgos que denotan pertenencia a una clase que se supone exitosa y que se basan casi siempre en la apariencia, pero ¿dónde radica realmente el éxito personal?

Si has llegado hasta aquí, ¡muchas gracias por acompañarnos! Hemos querido contribuir al Día Internacional de los Museos a través de reflexiones sobre los principales prejuicios que limitan la diversidad y la inclusión, apostando por la igualdad. Pero la reflexión continúa, pues la lucha contra estos prejuicios ha de hacerse 365 días al año. El cambio depende de todos, y cada uno de nosotros cuenta.

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